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Simposio "LA VIDA EN IMÁGENES. Literatura y cine etnográfico" - Crónica -

La vida en imágenes

El pasado jueves se clausuró el acontecimiento cinematográfico del año en Urueña, el simposio “La vida en imágenes. Literatura y cine etnográfico”, organizado por la Fundación Joaquín Díaz. Durante tres días, del 2 al 5 de julio, se ofreció la posibilidad de asistir a conferencias, charlas, debates, proyecciones, exposiciones, conciertos y, sobre todo, a lo que fue un encuentro e intercambio humano de ideas y puntos de vista entre profesionales y especialistas de distintos campos, unidos bajo el marco de esa mirada a la vida y tradiciones, partiendo de lo cinematográfico y lo literario, todo ello hecho posible por Joaquín Díaz.
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Primer Día (Martes 2 de julio)

El Catedrático de Literatura Española Salvador García Castañeda (Ohio State University) arrancó el simposio con su ponencia “Don Juan Tenorio y el cine: presencia y parodia”, en la que realizó un riguroso análisis de las distintas adaptaciones al cine del clásico de José Zorrilla, desde sus inicios hasta la actualidad, sin dejar pasar la oportunidad de hacer un repaso a los años mexicanos, elaborando una pertinente comparativa entre la obra de teatro y sus correspondientes adaptaciones. A continuación se proyectó la versión de Don Juan Tenorio de Ricardo Baños y Alberto Marro (1908-1910), primera adaptación española que se conserva hoy, de unos 15 minutos de duración.



Tras un breve descanso le llegó el turno a Enrique Rubio, ex-director de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y presidente de la Asociación Internacional de Estudios sobre el Romanticismo Español e Hispanoamericano, Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante y autor de numerosos artículos sobre la novela romántica y realista española. En su ponencia realizó un pormenorizado análisis comparativo entre la novela "El escándalo" (1875) de Pedro Antonio de Alarcón y la exitosa adaptación cinematográfica de José Luis Sáenz de Heredia, director predilecto del régimen franquista, realizada en 1943.



La tarde comenzó con la conferencia de Inés Toharia, especialista en preservación fílmica e historia del cine, investigadora y documentalista, que ha trabajado en distintos archivos internacionales, asesorando, entre otros, la conservación de fondos audiovisuales de la ONU, en Nueva York. Su interés en la recuperación de documentos fílmicos nos hizo partícipes de una aproximación al concepto de Sinfonía Urbana, y a la mirada que ha dirigido el cine a la ciudad desde sus orígenes, acompañado de fragmentos representativos de los títulos expuestos: de los trabajos pioneros de Le Prince y los Lumière a los contemporáneos de Harun Farocki o Bill Morrison.



A continuación, se procedió a la proyección de la película Boda en Castilla (1941) de Manuel Augusto García-Viñolas, seguida de Las Hurdes. Tierra sin pan (1933) de Luis Buñuel.

Aún con un nudo en la garganta por parte de los asistentes, tanto aquellos que por primera vez asistían a la controvertida película del cineasta aragonés, como aquellos que volvían a verla años después, y sin poder verbalizar o exteriorizar dichos sentimientos, muchas veces encontrados, daría inicio el último acto de este primer día: el concierto “Apasionante Música de Cine”, interpretado por Luis Delgado, Cuco Pérez y Diego Galaz.

Haciendo gala de su ya clásico repertorio cinematográfico, el trío rápidamente se ganó a un público entregado. Como la pólvora corrió la noticia de que había concierto de Luis Delgado & Cía. por el pueblo, y tanto carrasqueños como “forasteros” llenaron rápidamente la sala. Grandes temas de reconocidas bandas sonoras del cine (El padrino, La pantera rosa, Zorba el griego, Mi tío, Los siete magníficos, Amarcord, Bienvenido Mr. Marshall, El golpe, Cinema Paradiso, etc.), acompañados de simpáticos comentarios, fueron interpretados por estos tres músicos que demostraron llevarse a las mil maravillas, capaces de levantar de sus asientos hasta a Manuel Gutiérrez Aragón y Basilio Martín Patino, empleando todo tipo de instrumentos en su repertorio: de la zanfona o el acordeón al Strohviol o el Theremin, dotando de renovada voz a la obra de Nino Rota, Henry Mancini o Lalo Schifrin.



Todo un éxito musical que terminó de redondear la buena sensación que dejaba un primer día que finalizó ya en forma de gran corro, en torno a unas cervezas en las terrazas de Urueña.


Segundo Día (Miércoles 3 de julio)

Tras un intenso primer día en el que apenas quedó tiempo para procesar toda la información presentada por los ponentes, el segundo día debía ser, en apariencia, más relajado; aunque, eso sí, contaba con la presencia de dos de los más grandes cineastas que hasta el momento ha dado este país: Basilio Martín Patino y Manuel Gutiérrez Aragón.

Para las 11:00h “de la madrugada”, como definía la hora el propio Martín Patino con su gran sentido del humor, estaba programada una de las películas más emblemáticas no solo del director sino posiblemente del cine español: Canciones para después de una guerra (1971). Este film no podía ser más oportuno para este encuentro; en él, a partir de un inteligente montaje de imágenes de archivo previamente aprobadas por la censura, y empleando populares canciones españolas, se ofrece un retrato de la España de la posguerra. Se alterna la imagen coloreada, el blanco y negro, y las fotografías, artículos o carteles, todo ello editado de forma rítmica y reflexiva. Esta reutlización de los materiales dotaba de un significado nuevo a las imágenes, canciones y letras originales, lo que provocó que la película fuese censurada hasta 1976, año en que al fin se estrena.

Poder ver, sentir y oír una obra maestra de estas características en la misma sala que su autor, y más si se trata de Martín Patino, convierte una experiencia ya en sí única en algo mágico. Verles a él y a su mujer Pilar disfrutar de la proyección a la vez que toda la sala, mientras Joaquín Díaz tarareaba algunas canciones al compás del resto de los asistentes, transmitía al público todo tipo de sensaciones. Sin embargo, el momento más emotivo de todo el simposio fue sin duda el aplauso unánime en aquel auditorio enfervorizado, que arrancó justo al concluir los créditos, y al que respondió el admirado director, levantándose y agradeciendo humildemente tan sincera ovación, que se prolongaría durante varios minutos más. Un sentido homenaje a su obra, su carrera y su persona.



La mesa redonda posterior contó con la presencia del propio Basilio Martín Patino, con Joaquín Díaz como moderador y voz cantante, Luis Delgado (músico) e Inés Toharia (imagen de archivo), y sirvió para que el director ahondase en varios aspectos de la obra recién proyectada, así como en su trayectoria. Se recordó entonces cómo surgió la idea para realizar este film: durante un viaje en coche en el que Martín Patino cantaba canciones de Concha Piquer con Carmen Martín Gaite, dándose cuenta de las distintas asociaciones que podía evocar un tema. Así emprendió Martín Patino su búsqueda de materiales y recuerdos que darían pie a una película que el escritor y crítico de cine José Luis Guarner comparó con una “inmensa magdalena proustiana, que se ofrece al espectador a modo de relectura irónica, amarga y entrañable, no precisamente gloriosa de la España 1939-1953”. Más adelante, también contaría el realizador cómo elaboró ese montaje, o cómo conseguiría en el Rastro de Madrid algunos de los materiales empleados: “¡Qué barata me salió esta película!”, comentaba sorprendido el veterano realizador. También rememoraba Martín Patino junto a su mujer Pilar Doblado cómo se mantuvo escondido el film en el edificio Torres Blancas (Madrid) hasta que pudo verse estrenado.

El cineasta, que también fue el principal impulsor de las importantes Conversaciones de Salamanca sobre el cine español en 1955, recordó sus tiempos en la Escuela Oficial de Cine (anteriormente, Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas), y a sus compañeros Mario Camus, José Luis Borau, Miguel Picazo o Manuel Summers; y cómo, contra todo pronóstico, propusieron como nuevo director de la escuela al franquista José Luis Sáenz de Heredia, primo de José Antonio Primo de Rivera. En aquel entonces Martín Patino había encabezado una huelga (algo sorprendente en aquella época), con la que consiguieron que un profesional del mundo del cine (Sáenz de Heredia) dirigiera la escuela, proponiendo también como subdirector a Florentino Soria.

Siempre con un exquisito sentido del humor, mencionando incluso su paso por la cárcel, el realizador salmantino respondío también a un auditorio que no dejó pasar la oportunidad de tenerle allí para lanzar sus preguntas que abordaron, sobre todo, su último trabajo: Libre te quiero (2012), un retrato que documenta el 15M y toma su título del poema de Agustín García Calvo musicalizado y cantado por Amancio Prada.



En el dossier de esta película, recién editada en dvd, se resume el espíritu del film, muy cercano al de Canciones para después de una guerra: "Esperamos que Libre te quiero se sitúe en la memoria colectiva como el retrato de un movimiento que liberó la imaginación de millones de personas en el mundo, y que nos proporcione un retrato emocional y ajustado a su historia, del mismo modo que Canciones para después de una guerra ayuda a definir la posguerra española y a transmitir a los que no la vivieron la emoción de aquella época.”

Si la mañana había sido de Basilio Martín Patino, la tarde corrió a cargo de Manuel Gutiérrez Aragón. Su presencia permitió traer hasta la Villa de Urueña una película que retrata en voz e imagen a un grupo de músicos cubanos, los bailadores de Santa Amalia. Estos resistieron la censura del jazz en Cuba cuando se le consideró, como a la música rock, instrumento de penetración imperialista y contaminación ideológica. El documental, Música para vivir (2008), lo dirigió Gutiérrez Aragón antes de anunciar su retirada del cine como realizador, y forma parte de la serie de cinco capítulos sobre música cubana producida por él mismo (Historias de la Música Cubana) que cuenta con otros cuatro episodios realizados por directores cubanos. En su pieza, Gutiérrez Aragón presenta un cálido acercamiento a unos personajes que viven por y para la música ya que, como el propio director cántabro contaba, en Cuba sí se valoran las artes y a los artistas, las madres y padres sí quieren que sus hijas e hijos se dediquen a las artes, prefieren eso a que sean ingenieros o abogados.

El film consigue adentrar al espectador en el mundo de estos músicos y en su Cuba natal, sus paisajes, su gentes y quehaceres, y también cuenta con una de esas escenas brillantes imposibles de olvidar: la visita al dentista del músico Chucho Valdés y cómo en plena faena, dentista, asistente y paciente se arrancan a cantar, empleando sus utensilios dentales a modo de instrumentos de percusión.



El posterior coloquio con Gutiérrez Aragón y Joaquín Díaz permitió profundizar en la película y en cómo había sido la experiencia para el cineasta, de raíces cubanas, que le había vuelto a llevar a la isla. Este explicó cómo su amigo Mauricio Vicent, del diario El País, y co-autor del guión, fue un poco quien le embarcó en esta aventura musical, y también le puso en contacto con el gran animador e ilustrador cubano Juan Padrón, presente en el film con una de sus fantásticas piezas animadas.

Aprovechó Joaquín Díaz para preguntarle al cineasta por el mundo del cartelismo cinematográfico, a lo que Gutiérrez Aragón respondió que enseguida sucumbió al inmenso talento de Iván Zulueta, autor de varios de sus carteles y de algunos de los mejores carteles de la historia del cine español. No faltaron las referencias a nombres de grandes cartelistas como Jano o Cruz Novillo. Con humor, comentaba el director que si el cine español de su época, y la anterior, no había destacado especialmente, sí lo hicieron algunos de los artistas que trabajaron en él, como fue el caso de los cartelistas, de los diseñadores gráficos, figurinistas o escenógrafos.

El coloquio fue la introducción perfecta para visitar el Espacio DiLab, donde esperaba su directora, Miryam Anllo, para proceder a la inauguración de la exposición de carteles de cine, cantables cinematográficos y pliegos de cordel de la Fundación Joaquín Díaz. La exposición se puede visitar hasta el 21 de julio, y cuenta con grandes carteles que nos ha dado el cine español, como el de Nueve cartas a Berta (de Cruz Novillo), Maravillas y Camada negra (de Iván Zulueta), o Canciones para después de una guerra (de Alfredo Alcaín) que nos proporcionó esta entrañable fotografía:




Tercer Día (Jueves 4 de julio)

El tercer y último día del simposio se presentaba nuevamente de lo más intenso, con un programa que comenzaba a las 10:00 “de la madrugada” (citando nuevamente a Martín Patino), esta vez con la ponencia del gran Juan Antonio Pérez Millán, crítico y escritor de cine, ex-director de la Filmoteca Española y de la Filmoteca de Castilla y León, así como autor de posiblemente los mejores libros escritos sobre Basilio Martín Patino y Pilar Miró. Antes de empezar su charla, al comentarle las ganas que tenía el cineasta de verle, este reía y comentaba: “Uy, las 10 de la madrugada, estas no son horas para Basilio, ¡él es un noctámbulo!”

Pérez Millán hizo un repaso claro, incisivo y necesario a lo que es el cine, las imágenes, la realidad y la ficción, y puso en palabras aquello que solo cuando se explica con esa claridad es cuando parece lo más lógico del mundo. Acompañó su exposición con anécdotas sobre su relación profesional, y de amistad, con Pilar Miró -entonces su jefa-, como aquella vez cuando, tras un arduo día de trabajo, y ya cerca de las cuatro de la madrugada (reales), con él cayéndose de sueño y dando cabezadas, ella exclamó burlona: “Ay, el sexo fuerte, el sexo fuerte...”.

Otro gran momento fue cuando, diez minutos después de empezar, se abrió la puerta de la sala y apareció la sigilosa silueta de Basilio Martín Patino con la intención de no perderse, ni a esas horas, la conferencia de su querido y admirado amigo. Al verle entrar, Pérez Millán no pudo evitar hacer una pequeña pausa para agradecer a Basilio su asistencia con un “¿Pero tú que haces aquí a estas horas, amigo mío?”



El escritor y realizador Manuel Garrido Palacios fue el siguiente ponente en hacer acto de aparición. Lo hizo con una breve presentación seguida de la proyección de Rituales, una recopilación de varios de sus documentales etnográficos producidos por TVE a lo largo de los años. Entre sus muchos trabajos también destacan la serie Raíces, La duna móvil o El bosque sagrado.

La proyección permitió ver imágenes recogidas en fiestas y rituales de distintas poblaciones de España en las que se puede observar el estilo propio del autor. Todo ello propició un debate interesante después del visionado, con la intervención del público, cuando Garrido Palacios fue cuestionado por la falta de una posible voz en off, a lo que el realizador contestó que él lo que pretende es que las imágenes hablen por sí solas y que sea el propio espectador quien las interprete. Punto importante e interesante, y ampliamente discutido por los teóricos y estudiosos del cine etnográfico y la antropología visual, aunque, como muchos de ellos dicen, la toma de imágenes y el propio montaje ya están posicionando al director e influyendo en su recepción.



Antes de ir a comer se tuvo la oportunidad de escuchar la conferencia de la antropóloga Ingrid Kuschick, quien hizo una introducción y acercamiento a lo que implica el trabajo de campo y la grabación de imágenes, mostrando alguno de sus interesantes trabajos registrados en Euskadi o Navarra. Algunos de ellos los ha realizado junto a su compañero Raphäel Parejo-Couder, también antropólogo y etnomusicólogo, así como especialista en sonido, quien en su conferencia de la tarde habló precisamente de la importancia del registro sonoro y del audio con una curiosa referencia ejemplificadora tomada de la película de Brian de Palma Impacto (Blow out, 1981), a su vez basada en la idea central planteada en Blow Up. Deseo de una mañana de verano de Michelangelo Antonioni (1966), film inspirado en el relato de Julio Cortázar “Las babas del diablo”. Terminaría su charla con la reproducción de unos impresionantes registros sonoros tomados en distintos lugares, de la txalaparta de piedra en Euskadi a la selva amazónica.

Cabe decir que el simposio, como no podría ser de otra manera, tratándose de un encuentro en el que se hablaba del registro de la vida, fue grabado, visual y sonoramente, por Kuschick y Parejo-Couder para ser consultado a través de la Fundación Joaquín Díaz y la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, donde también estarán disponibles las actas y artículos de las distintas ponencias.



El cierre corrió a cargo del realizador de cine etnográfico Eugenio Monesma, director también de la veterana productora Pyrene, P.V., así como autor de importantes series documentales sobre costumbres, oficios perdidos, y tradiciones de España, y especialmente de Aragón. Proyectó una recopilación de distintas imágenes de las muchas películas que han realizado él y su productora Pyrene, pertenecientes en este caso a una de sus más famosas series, Oficios Perdidos. Fue una pequeña muestra que supo a mucho, reflejó unos trabajos realizados con asombrosa profesionalidad y con ello demostró, en cuatro pinceladas, que el cine etnográfico no tiene por qué estar reñido con la calidad o una trabajada fotografía. Explicaba el realizador aragonés cómo, tras treinta años de duro trabajo, han conseguido realizar más de 1700 documentales, habiendo empezado desde cero, incluso empleando en sus inicios botes de leche a modo de focos de iluminación. También comentó que él en sus trabajos sí emplea a veces una voz en off para explicar o acabar de detallar lo que se ve. Como Garrido Palacios, Monesma también ha realizado muchos documentales sobre rituales y fiestas que en este caso no mostró al considerar que esto ya había sido cubierto en la anterior proyección.



Eugenio Monesma fue un perfecto broche final, que clausuraba con imágenes actuales (centradas en el pasado) unas sustanciosas jornadas que habían empezado tres días antes con una mirada dirigida al romanticismo literario, a sus aportaciones cinematográficas y a las primeras imágenes en movimiento que nos mostraban cómo eran esas vidas y costumbres hace más de cien años.